Apenas unas semanas después de que el Gobierno tasara en 2.500 euros el valor contable de cada niño nacido en España, la oposición acaba de subir la apuesta a 3.000, según anunció ayer el portavoz conservador Eduardo Zaplana. La carne de bebé empieza a valorarse electoralmente a precios mucho más altos que la de ternera.
Pongamos que las criaturas españolas pesen un promedio de tres kilos al ser alumbradas por sus madres. Con el actual premio de natalidad del Gobierno, el kilo de recién nacido se cotiza ya a 833,33 euros; pero si triunfase la propuesta de la oposición, esa cifra se redondearía hasta los 1.000. Y esto no ha hecho más que empezar.
Una vez abierta la puja, cualquier otro partido de los muchos que hay en la Península podría y debería hacer su propia oferta. Puesto que todos tiran con pólvora del contribuyente, nada impedirá a Izquierda Unida, al Partido Nacionalista Vasco, a CiU o al Bloque prometer 10.000, 15.000 ó 30.000 euros por niño facturado.
La subasta se anuncia de lo más prometedora para el votante que de aquí al próximo marzo -mes electoral- va a ser cortejado por los compradores de papeletas con toda suerte de cebos. Emulando la especulación de la vivienda, el kilo de bebé podría ponerse por las nubes.
Ya metidos en gastos, los partidos con aspiraciones de gobierno deberían afinar más aún. Y es que no tiene sentido que se pague a los padres una prima por chaval recién parido para luego abandonarlos a su suerte. Hay fórmulas complementarias.
Calculando, por ejemplo, la progresión del peso de los chavales a medida que van creciendo, lo lógico sería que el Gobierno ofreciese un plus por cada kilo que los infantes del país ganen al año. El límite habría que situarlo en una determinada edad, naturalmente. No es cosa de que el Estado vaya a andar subvencionando a los rapaces (como ahora hacen sus padres) hasta bien pasada la treintena.
Siempre habrá algún melindroso que encuentre exagerada la idea de tasar los niños al peso urdida por el Gobierno y rápidamente adoptada -y mejorada- por el principal partido de la oposición. Pero el caso es que no faltan precedentes históricos.
Por extravagante que parezca, el proyecto español del “cheque-bebé” evoca la “Modesta proposición” que a finales del siglo XIX hizo el escritor Jonathan Swift al Gobierno del Imperio Británico.
Sugería entonces el autor de “Los viajes de Gulliver” la necesidad de aprovechar la multitud de niños mendigos que en aquella época poblaban las calles de la pobre Irlanda para destinarlos al consumo de los más exquisitos paladares ingleses. En tono amargamente jocoso, el irlandés Swift proponía que se engordase a las criaturas durante un año en “granjas familiares”, de tal modo que su carne pudiera alcanzar el adecuado punto de sabor.
A cambio, los padres recibirían una determinada cantidad -superior sin duda a los 2.500 euros- por cada niño criado y adecuadamente cebado.
Por fortuna, el Gobierno de Su Graciosa Majestad no se tomó en serio la sarcástica y un tanto caníbal proposición de Swift, con lo que los niños irlandeses se libraron de servir de plato fuerte a los ciudadanos de la metrópoli británica.
No parece que el presidente de Zapatero, más devoto de Borges que de Swift, se haya inspirado en la “Modesta proposición” del irlandés para establecer el pago de una recompensa a los padres españoles por cada niño que aporten a la patria. Felizmente, sus motivos -al igual que los de la oposición- tienen más bien pinta de estar vinculados a la recaudación de votos para las próximas elecciones de marzo que a cualquier variante de la antropofagia infantil.
Lo único que el Gobierno se va a comer, en realidad, es el dinero del contribuyente con un discutible impuesto que financiará por igual a los padres millonarios que a los pobres de pedir. Pero a eso ya estamos acostumbrados.
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